
De pronto, mis ojos se clavaron en la ventana, como si hechizado flotase por la habitación para recibir lo que el paisaje me entregaba. La sensación era tan buena como inquietante que parecía no estar. El entorno nublado, lluvioso y un exquisito aroma a leña quemada me inundaron por completo. Había una bruma enriquecida por el humear de las chimeneas que resaltaba aún más la escena, mientras el aleteo de los pinos, meciéndose de un lugar a otro, me hiptonizaban. Fue así, como en ese encantador collage, un gnomo me alcanzó su mano y, tomándola, me explico con ternura que ese era mi lugar. La destellante luz de un hada me guió por el aire y, del mar al bosque, se aquietó mi alma, mi corazón estalló en el viento y una paloma me acarició la cara. Los habitantes del bosque, como en un todo, hicieron una sinfonía en mi honor y el rocío del atardecer perfumo mis mejillas.
Querido Padre, que momento me has regalado, que riqueza me has dado. Y en el embelesado viaje dejé parte d mí viviendo con el espíritu de la naturaleza, para regresar luego a donde había partido con el secreto interior y la certeza de que regresaría siempre, siempre…
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